¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando sentimos ansiedad?

Hay días en que todo parece estar en orden y, aun así, el cuerpo se comporta como si algo estuviera a punto de ocurrir. El corazón se acelera, los músculos se tensan y la mente comienza a anticipar escenarios. Esa es una de las experiencias más desconcertantes de la ansiedad.
En cuestión de segundos, la mente puede construir una historia completa sobre lo que está por ocurrir. Nuestra atención comienza a buscar señales que confirmen aquello que tememos y resulta difícil concentrarnos en otra cosa.
La experiencia se siente real porque, para nuestro cerebro, anticipar una amenaza puede ser suficiente para activar los sistemas encargados de protegernos.
En mi trabajo como psicóloga clínica, encuentro especialmente útil explicar que muchas de las manifestaciones de la ansiedad tienen una función. Nuestro organismo está preparado para detectar amenazas y movilizar recursos rápidamente. La dificultad surge cuando ese sistema comienza a responder con demasiada intensidad o frecuencia ante situaciones que el cerebro interpreta como peligrosas.
Un cerebro diseñado para anticiparse
La amígdala participa en la detección de posibles amenazas y en la activación de respuestas rápidas de protección. En los trastornos de ansiedad puede observarse una mayor activación de esta región frente a estímulos amenazantes o ambiguos.
Esto ayuda a entender una experiencia muy común: sentir que algo anda mal antes de comprender exactamente qué ocurre.
Otras regiones cerebrales participan en evaluar el contexto. La corteza prefrontal interviene en procesos relacionados con la regulación emocional y ayuda a modular la actividad de la amígdala. En la ansiedad, la comunicación entre estos sistemas puede verse alterada.
De ahí surge una sensación característica de la ansiedad: el cuerpo parece haber llegado a una conclusión antes que nosotros.
El cuerpo como parte de la respuesta de ansiedad
La ansiedad ocurre en la mente y se expresa profundamente en el cuerpo. El sistema nervioso simpático prepara al organismo para responder ante una amenaza. Aumenta la frecuencia cardíaca y respiratoria y produce cambios físicos que podemos experimentar como palpitaciones, falta de aire, mareo o molestias gastrointestinales.
Estas sensaciones pueden convertirse, a su vez, en una nueva fuente de preocupación.
Una persona siente el corazón acelerado y piensa que algo grave está ocurriendo. Ese pensamiento aumenta la sensación de peligro. El cuerpo responde con mayor activación. La atención se concentra todavía más en las sensaciones físicas.
Así puede construirse un círculo de ansiedad.
La ínsula tiene un papel especialmente interesante en este proceso porque participa en la percepción de nuestras sensaciones internas. Cuando somos más sensibles a estas señales corporales, sensaciones comunes como un corazón acelerado o un ligero mareo pueden ser interpretadas por el cerebro como señales de peligro.
El alivio inmediato puede tener un precio
Existe otro elemento importante para comprender por qué la ansiedad puede mantenerse durante meses o años: la evitación.
Imaginemos a alguien que comienza a experimentar ansiedad al conducir por una autopista. Decide utilizar carreteras secundarias y siente alivio. Con el tiempo evita trayectos largos. Después necesita que otra persona conduzca.
Cada decisión parece razonable cuando se observa de manera aislada. En conjunto, pueden terminar enseñándole al cerebro que conducir representa una amenaza.
Los modelos conductuales de la ansiedad explican cómo la evitación y las llamadas conductas de seguridad producen alivio a corto plazo y, precisamente por ese alivio, pueden reforzarse y mantener el problema. Por eso, uno de los objetivos centrales de muchos tratamientos psicológicos consiste en generar nuevas experiencias de aprendizaje.
Nuestro cerebro conserva la capacidad de aprender
Esta es una de las partes que más me interesa de la neurociencia de la ansiedad.
El cerebro adulto conserva neuroplasticidad: la capacidad para modificar su funcionamiento a través de la experiencia y el aprendizaje. Los circuitos relacionados con ansiedad, regulación emocional y miedo pueden cambiar a partir de nuevas experiencias.
La psicoterapia utiliza precisamente esa capacidad. Las intervenciones basadas en exposición buscan crear nuevas formas de relacionarnos con pensamientos, sensaciones y situaciones que anteriormente activaban miedo. La repetición de esas experiencias forma parte del proceso mediante el cual se consolidan nuevos aprendizajes.
Entender la ansiedad nos permite mirarla con otros ojos. El cerebro aprende del miedo, de lo que evitamos y de las experiencias que vivimos. Pero conserva durante toda la vida la capacidad de aprender algo nuevo.
Parte del trabajo en terapia consiste en acompañar ese proceso: comprender lo que hemos aprendido sobre el peligro y construir, poco a poco, nuevas formas de responder.





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