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Redes sociales y el cerebro adolescente: lo que los padres necesitan saber

21 sept
5 min de lectura
Redes sociales y el cerebro adolescente
Redes sociales y el cerebro adolescente

Hay una escena que se repite en muchas casas. La familia está comiendo y el teléfono del adolescente permanece sobre la mesa. Vibra. Lo mira. Al rato vuelve a mirarlo. Su padre le pide que lo guarde. “Ya voy”, responde.


Para muchos padres, ese “ya voy” puede ser desesperante. Para quienes trabajamos con adolescentes, también es una pista de algo importante. Dejar el teléfono a un lado puede ser más difícil de lo que parece, especialmente cuando combinamos plataformas diseñadas para captar nuestra atención con un cerebro que todavía está desarrollando habilidades de autorregulación.


Un cerebro especialmente sensible a lo social


Las redes sociales compiten constantemente por nuestra atención. Notificaciones, mensajes, videos recomendados, comentarios y contenido nuevo aparecen durante todo el día. Cada vez que abrimos una aplicación podemos encontrar algo diferente, divertido o socialmente importante. Esa expectativa nos lleva a mirar una vez y, al rato, volver a mirar.


En la adolescencia ocurre algo adicional: la opinión de los pares adquiere una importancia particular. Para un adolescente, un “me gusta” puede contener mucha más información de la que parece. ¿Quién me vio? ¿Quién respondió? ¿Me incluyeron? ¿Qué están haciendo mis amigos? ¿Qué lugar ocupo dentro del grupo?


Los estudios de neuroimagen han encontrado que la aprobación social puede involucrar sistemas cerebrales relacionados con recompensa y evaluación social. Al mismo tiempo, las redes que participan en planificación, control de impulsos, toma de decisiones y regulación emocional continúan desarrollándose durante la adolescencia y la adultez temprana.


Durante años se ha utilizado la analogía de un automóvil para explicarlo: un acelerador muy sensible acompañado de un sistema de frenos que todavía está adquiriendo experiencia. Es una simplificación, pero ayuda a entender parte del reto. El desarrollo cerebral ocurre gradualmente y depende también de las experiencias, el ambiente y las oportunidades que tenga el adolescente para practicar autocontrol.


En medio de ese proceso ponemos en sus manos un dispositivo que ofrece acceso inmediato a amigos, entretenimiento, aprobación social y contenido nuevo prácticamente a cualquier hora.


Vale la pena prestar atención a esa combinación.


Las horas cuentan, pero cuentan más otras cosas


Una de las preguntas que escuchamos con frecuencia es cuánto tiempo debería pasar un adolescente frente a una pantalla. La pregunta es razonable, pero el número de horas cuenta solo una parte de la historia.


Las investigaciones han encontrado asociaciones entre ciertos patrones de uso de redes sociales y síntomas de ansiedad y depresión, dificultades de sueño, comparación social negativa e insatisfacción con la imagen corporal. El efecto, sin embargo, depende mucho de cómo se utilizan esas plataformas y de las características de cada joven.


Una hora en redes puede significar conversar con amigos, aprender a tocar una canción, crear algo, ver videos durante la madrugada o comparar el propio cuerpo con cientos de imágenes cuidadosamente seleccionadas. El reloj puede marcar sesenta minutos en todos esos casos. La experiencia psicológica es completamente diferente.


También importa lo que ocurre fuera de la pantalla. Un adolescente puede pasar varias horas conectado y continuar durmiendo bien, estudiando, haciendo ejercicio, compartiendo con su familia y manteniendo amistades. En otro joven, el teléfono puede comenzar a desplazar precisamente esas actividades.


Por eso, además de mirar el reporte semanal de screen time, conviene observar la vida cotidiana. ¿Está durmiendo adecuadamente? ¿Puede estudiar sin revisar constantemente el teléfono? ¿Continúa haciendo las cosas que disfruta? ¿Comparte con otras personas fuera de las redes? ¿Cómo se siente después de pasar mucho tiempo conectado?


También debemos considerar cómo estaba ese adolescente antes de abrir la aplicación. Un joven que ya está experimentando ansiedad, depresión, soledad o dificultades con su autoestima puede relacionarse de manera diferente con las redes sociales y ser más vulnerable a ciertas experiencias digitales.


La pregunta entonces cambia. En lugar de concentrarnos exclusivamente en cuántas horas utiliza el teléfono, podemos preguntarnos: ¿qué lugar está ocupando la tecnología en su vida?


Los hábitos digitales se pueden cambiar


También estamos comenzando a estudiar qué ocurre cuando las personas modifican intencionalmente sus hábitos digitales.


Un estudio publicado en JAMA Network Open evaluó a jóvenes adultos entre los 18 y 24 años que redujeron durante una semana el uso de varias plataformas sociales. Al finalizar ese periodo se observaron reducciones en síntomas de ansiedad, depresión e insomnio, particularmente entre quienes inicialmente reportaban más síntomas.


Una intervención breve de este tipo no sustituye una evaluación o tratamiento cuando existe un problema de salud mental. Lo que sí nos recuerda es algo útil: el uso del teléfono es una conducta, y las conductas pueden cambiar.


En casa podemos comenzar con cambios bastante sencillos.


Empiece por el sueño


El sueño es uno de los primeros lugares donde vale la pena intervenir. Un teléfono al lado de la cama hace demasiado fácil revisar un mensaje, contestar una notificación o continuar viendo videos mucho después de la hora de dormir.


Establecer un lugar fuera del dormitorio donde permanezcan los dispositivos durante la noche puede ayudar a proteger el descanso.


Lo mismo ocurre con las comidas, el estudio, el ejercicio y las conversaciones familiares. Las familias suelen obtener mejores resultados con unas pocas reglas claras y consistentes que con una lista interminable de restricciones.


También conviene mirar lo que el teléfono está desplazando. Si continúa habiendo espacio para dormir, moverse, conversar, estudiar, aburrirse, salir y desarrollar intereses, tenemos información importante sobre cómo la tecnología está encajando en la vida del adolescente.


Enseñe autorregulación


Los adolescentes pueden aprender cómo las plataformas compiten por su atención. Las notificaciones, las recomendaciones personalizadas y el contenido que parece no terminar tienen una función: lograr que permanezcamos conectados.


Entender esto les permite comenzar a observar su propia conducta. Pueden reconocer cuándo entraron a una aplicación con un propósito específico y cuándo terminaron allí veinte o treinta minutos después sin haberlo decidido realmente.


Ahí hay una habilidad que les servirá mucho más allá de la adolescencia: aprender a dirigir su atención.


La madurez también debe formar parte de las decisiones sobre teléfonos y redes sociales. Responsabilidad, autocontrol, capacidad para seguir acuerdos y hábitos de sueño pueden ser tan importantes como la edad al decidir cuándo un joven está preparado para determinadas experiencias digitales.


Los adultos también tenemos teléfonos


Nuestros hijos observan si interrumpimos una conversación para leer una notificación, si llevamos el teléfono a la mesa y si revisamos una pantalla cada vez que tenemos unos minutos libres.


Una regla familiar tiene mayor coherencia cuando realmente es familiar. Si los teléfonos se guardan durante la cena, se guardan los de todos. Si queremos proteger las conversaciones, también tenemos que estar disponibles para conversar.


Al final, nuestros hábitos enseñan tanto como nuestras reglas.


Prepararlos para un mundo digital


Las redes sociales forman parte del mundo en el que nuestros hijos están creciendo. Las plataformas cambiarán, aparecerán otras y la tecnología estará cada vez más integrada a la vida cotidiana.


Durante algunas etapas los adolescentes necesitarán límites claros. Con el tiempo necesitarán mayor autonomía. En ambas necesitan oportunidades para aprender a reconocer cuándo una herramienta les sirve y cuándo está comenzando a ocupar demasiado de su atención, su tiempo o su conducta.


Cuando el uso de redes sociales interfiere persistentemente con el sueño, el estado de ánimo, el rendimiento académico, las relaciones familiares o las actividades habituales, conviene discutirlo con un profesional de salud mental.


Mientras tanto, en casa podemos mirar algo más que el número de horas que aparece en el teléfono.


¿Está durmiendo? ¿Conversando? ¿Moviéndose? ¿Aprendiendo? ¿Aburriéndose? ¿Compartiendo con otras personas?


Las redes sociales son parte de sus vidas. Nuestro trabajo como padres es ayudarlos a encontrar un balance.

 
 
 

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